Por: RULLIER ARAUJO, Fabricio André

El profesor Wilfredo Mendoza le agregaba un despertar a nuestro sueño pandémico. La gran primera impresión fue darnos cuenta de nuestra falta de educación, ya que el profesor Wilfredo nos llamó la atención por no agradecerle por el libro que nos pasó. No lo había pensado mucho, pero recordé la realidad de los profesores que esperaban una respuesta de agradecimiento y ahora creo que fui pretencioso al pensar que solo era su trabajo, deshumanizándolos sin apreciar su esfuerzo.

Este año el profesor Wilfredo me dio la impresión de estar mucho más severo y parecía que era el único que había descifrado los trucos que usábamos los estudiantes para reparar nuestros errores. Despertándonos tarde y justificándonos con “una falla en el sistema”. 

Creo que para los profesores debe ser difícil, cansado, y frustrante escuchar siempre esa mentira y solo algunas veces solo puede limitarse a fingir que nos creen. Al descubrir nuestra tapadera estudiantil nos obligó a estar más despiertos.

Ya luego de algunas semanas tuvimos que adecuarnos al ritmo de las clases que proponía el profesor, siendo primero exposición del tema por parte del docente y luego la exposición de los textos escritos por los alumnos. Esto siendo lo más clave del curso, ya que nos hizo dar cuenta de nuestros errores de redacción y de nuestros horrores ortográficos.

Realmente me causaba angustia que el profesor revisara mis escritos, porque luego de entregarlos se me abrían los ojos y me daba cuenta de todas mis fallas.

En cierto modo me hacía sentir como en el ejército, el tono de voz y la figura que presentaba el profesor la cual era seria y como en los cuarteles sentía que no me podía descuidar ningún momento porque si lo hacía seria castigado o en este caso reprobado.

A lo largo y ancho del semestre hicimos diversos textos, pero lo más destacado era la crónica, la cúspide de la redacción en el curso donde se podía ver con claridad tus avances y tus fallas. Lo más destacado ya que todo buen periodista sabe hacer crónicas y admirado por otras figuras, esto motiva a seguir intentándolo.

Pasaron las semanas y con ellas las crónicas semanales de diferentes temas, las fallas eran expuestas por el profesor pero al menos yo ya sabía en que estaba mal, frustrándome por no hacerlo mejor.

Finalizado el curso aun no puedo escribir una crónica con la que esté satisfecho, pero esto es un trabajo de intento y error. Lleva mucho tiempo y nadie al finalizar el curso se convertirá en un maestro de la crónica, pero se intentará y le faltará un paso menos para convertirse en uno luego de años haber terminado el curso.