Por: ZUÑIGA VEGA, Helen Daphne
“Otro día más…”. Somnolienta. Con la voz ronca y áspera. Con los ánimos por los suelos y el pelo enmarañado. Así era mi rutina. Así. Me despertaba cada mañana, aunque hubiese dormido dieciséis horas seguidas. Los días jueves y viernes que nos tocaba el curso de Géneros y Estilos Periodísticos en la mañana, no fueron la excepción. Muchos de mis amigos aseguraban que fueron dos años perdidos. Yo, por el contrario, creo haber aprendido más que cuando asistía a clases presenciales. Por lo menos, un poco más sobre uno de los géneros más difíciles y apasionantes: La Crónica. ¿Cómo? Leyendo. ¿A quién? Por supuesto que a uno de los grandes: Gay Talese, con su clásico “Retratos y Encuentros”.
La última como siempre. En nuestro último día de clases. Después de 48 crónicas, el profesor Wilfredo leyó la mía. Esperando que no le diera “gato por liebre”. En medio de las correcciones me hizo la pregunta: “¿Qué es lo que más te impactó de lo que leíste?”, entonces recordé de inmediato “Frank Sinatra está resfriado”. Me dijo que escuchara “La Voz” y así lo hice. Lo antiquísimo del video (aunque a color) y la voz inconfundible de Sinatra, me hizo añorar estar en un tiempo, en el que ni mis padres habían nacido. Es ahí donde me di cuenta de que, sin haber vivido en aquella época, Gay Talese había descrito un escenario tan preciso, que podía recrearlo en mi mente. Simple y sencillamente. Fascinante.
Había empezado a adquirir estos hábitos, hasta hace no mucho. Escribiendo, por ejemplo, una que otra banalidad, hasta redactar una nota o un informe periodístico. Como el profesor Wilfredo nos decía “Cada día, una línea”. Leer un buen libro fue como escuchar la mejor de las melodías. Y sí. Lo admito. No me interesaba leer hasta antes de la pandemia. Obligada por la circunstancia, adquirí estos nuevos hábitos. Pero aún más, por los sabios consejos de nuestro profesor.
Muchas de las crónicas que escribí a lo largo del curso, fueron aquellas en las que se nos pedía contar aspectos íntimos como la familia o el amor. Pero, me preguntaba ¿Por qué tenía solo cosas tristes que contar? ¿Por qué no podía contar cosas menos aciagas?, contar que también me fue bien en el amor, que mi familia estaba unida a pesar de todo lo que nos haya ocurrido, y recordé una parte del prólogo de “Plegarias Atendidas” de Truman Capote, en el cual se cuestionaba por qué sus notas o escritos se estaban haciendo demasiado densos, y era porque en el fondo estaba deprimido. Las crónicas que escribí hablaban solo de infelicidad.
Esta constancia por leer y escribir no se hubiese visto reforzada por el trato individualizado de parte de nuestro Docente, quien nos corregía uno por uno. Esto me pareció de lo más idóneo y acertado, ante tantos otros cursos donde los trabajos en grupo se habían vuelto una norma agobiante, casi exagerada. Aquí, en el curso de Géneros y Estilos Periodísticos, con el profesor Wilfredo, cada uno velaba por su nota, querré decir, por su crónica. Y a pesar de que leía y releía mis textos más de cinco veces, una vez cometí un error fatal. “Maldita ‘L’”, dije en mi mente, que por ser miope había omitido poner en todo momento en la palabra “altura” y que terminó por arruinar toda mi crónica.
Es así como entre reflexiones, errores y correcciones, fui aprendiendo por las malas, pero también por las buenas. Mi nueva rutina ahora consiste en leer y escribir todos los días, así sean solo cinco minutos y aunque la mayoría de veces no tenga algo bueno que contar. No hay nada de que arrepentirse. Lo único que lamento es que este curso se haya acabado tan pronto. Faltaba tanto por decir… creo que eso es lo que haré durante las próximas vacaciones. Contar, contar y contar.
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