Por: VÁSQUEZ ITO, Brandon Rivaldo
Desde que inició la cuarentena por la pandemia, he vivido entre la alegría y el aburrimiento, entre la monotonía y el estrés. He realizado actividades recreativas, paseos interminables, actividades laborales de trabajo y por supuesto clases virtuales. Y entre todas ellas, he buscado pequeños espacios para mi vicio impune, es decir la lectura. Pero el agotamiento por las clases virtuales, me ha vencido. Fatigado y abrumado. Y entre todo el desconsuelo, por el tiempo perdido, las clases de “Géneros y estilos periodísticos”, me motivaron a retomar lecturas pendientes e impulsaron a sumergirme más en el mundo letrado del periodismo.
Día soleado. Ruidoso silencio. Hogar taciturno. Son las 6:30 a.m. y suena la alarma. Despierto. Adormilado me preparo para las fastuosas clases virtuales, que con respeto tolero. Escucho música. Se consume. Inicia la clase. Me consume. Y durante casi año y medio, el patrón se repite.
Es abril de 2020. Celebro dichosamente la cuarentena anunciada. El encierro no me afecta, aprovecho ‘el tiempo libre’ en retomar lecturas pendientes, y pasan los meses. El tedio aparece. ¿Mi consuelo? Pues Armas, gérmenes y acero, Ensayo sobre la ceguera, y la voluminosa colección Historia General de los Peruanos. De súbito, un violento aburrimiento me consume para finales de dicho año. No siento las vacaciones, pero felizmente tengo tiempo para leer. El espía del inca, de Dummet me deja perplejo.
En abril de 2021, curso el séptimo semestre de mi carrera: Cs. de la comunicación. Y los siguientes meses estoy saturado de trabajos universitarios. Los ojos, cada vez me arden más. Mi vista disminuye. Mi concentración se dispersa. Mi atención se agota. Y el estrés me domina. Doy cuenta en que aproximadamente 300 días la he pasado frente a la pantalla del computador, sea ya por las propias clases virtuales, realizar trabajos encomendados, actividades en clase, etc. Mis compañeros confiesan estar igualmente agotados. Los docentes señalan extrañar las clases presenciales. Y el aprendizaje ha quedado en tercer plano. Los alumnos están más preocupados por enviar un trabajo a tiempo, que por aprender. Los docentes, consienten dicho hábito. Y yo tragediantemente tengo poco tiempo para leer. Aún así las reflexiones del filosofo Jesús Mosterin, me consuelan.
Es octubre del mismo año. Son las 6:30 a.m. y suena la alarma. Llevo despierto toda la noche. Con sueño, me preparo para las fastuosas clases virtuales, que, con respeto, claro, tolero. Estoy concluyendo un trabajo por el que me amanecí. El profesor Wilfredo Mendoza dicta su curso Géneros y estilos periodísticos, y mientras desayuno, oigo el nombre de Homero Alsina Thevenet, más conocido como HAT, y escucho la voz de una compañera leyendo tan memorable e icónico perfil, escrito por la fascinante Leila Guerriero. Recuerdo entonces que tan solo hace unos meses leí Frutos extraños de la misma autora, donde se incluye dicho perfil y otros. De entre ellos, uno dedicado a Facundo Cabral, musico que con su lirica solemne me consuela. Termina la clase. Me duermo. Y al despertar releo Frutos extraños.
He sentido felicidad por dichas clases, por lejos el único docente que habla fundadamente de periodismo narrativo y lecturas literarias. Y gracias a sus encomiendas he retomado el habito lector, del cual, por lo académico, felizmente ya no me siento agotado.
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