Por: QUINTASI ROJAS, Sol Alexandra
El primer día del curso, apenas había escuchado la voz del Profesor Wilfredo, sentí confianza porque sería más fácil ingresar justo a tiempo a las clases de las 7 de la mañana, por la virtualidad del asunto. También sentí confianza porque, en términos de tareas, sería relativamente menos pesado, pero eso estaría compensado con la calidad del trabajo. Menos tarea, más calidad.
Una clase teórica consta de pautas y reflexiones. Una clase práctica consta de leer tu crónica, claro, si apellidas con las primeras 14 letras del abecedario, tendrás una revisión el mismo día. Yo tengo que esperar dos clases por la “Q” de mi apellido. Aún así, mientras los compañeros leían, me daba cuenta de lo que podía mejorar en mi texto. En vez de ver la pantalla, los escuchaba, como un podcast.
Este es en sí el curso: reflexiones del profesor sobre cómo otros escriben, y aplicar lo asimilado en una crónica. Siempre hacemos crónicas, siempre tenemos que contar historias. Historias bien contadas y descriptivas.
Cuando el profesor llamaba mi nombre, era emocionante. Después de varios días de haber escrito una crónica, al fin podía ser observada. Siempre hay algo que objetar.
En retrospectiva, estos 4 meses del curso pasaron tan rápido como una revisión de crónica. Cuatro meses que seguramente olvidaré durante las vacaciones, pero al menos tendré el tiempo de leer uno de sus libros.
0 Comentarios