Por: APAZA APAZA, Leslie Victoria
“Otra vez olvidé escribir lo más importante al inicio”, dije en voz alta al mirar el documento en la pantalla de mi laptop. Solía pensar que lo mejor se dejaba para el final, pero después de las correcciones del profesor, ya no volví a cometer ese error. O eso intento, de veras que intento.
Escribo un primer párrafo, lo leo y noto que he cometido el mismo error. Lo borro. Vuelvo a escribir y mi cerebro se aferra a la idea de quitar esa parte del principio. Le regaño y continúo. En los siguientes párrafos trato de desarrollar mi historia. De vez en cuando, reviso lo que escribo y por si acaso me fijo en el primer párrafo. Temo haberme equivocado. No. Solo, es mi imaginación.
Llegando al final de la página, guardo el documento y cierro la laptop. Al escribir, me concentraba tanto en la pantalla, que los ojos me ardían. Después de tantos meses, en clases virtuales, mi vista se cansaba más rápido. Decidí entregar la crónica al día siguiente.
En la mañana, antes de entrar a la sesión de Meet de otro curso, ingresé al Classroom de Géneros y Estilos Periodísticos. Busqué la actividad que el docente asignó y le di clic. Tranquilamente leí otra vez sus indicaciones y luego abrí el documento que contenía mi historia.
Examiné mi primer párrafo y al estar satisfecha repasé el resto del texto. Lo aprobé. Ahora, terminar de escribir me tomaba más tiempo que cuando dejaba lo mejor para el final. Pero cada vez ese tiempo se reducía. Había mejorado gracias a la práctica.
Subí mi tarea a la página web y presioné entregar.
0 Comentarios