Por: ESPETIA OCSA, Diana
Una vez más me perdía las indicaciones del profesor, dejar mis clases por acompañar a mi hermano a hacer las suyas es difícil. Cada día de diez a once de la mañana me veo en la obligación de sentarme junto a Erick para apoyarlo. No es un niño de tres años, muy al contrario, tiene 12 y mide 1.60. Un niño normal no tendría dificultades en estar solo, pero eso no funciona para Erick. Él es un niño con habilidades especiales al cual se le debe hacer un seguimiento por cada clase impartida. El choque de nuestros horarios ha tenido consecuencias para mí, muchas veces perdía las cátedras de las primeras horas de la clase o no escuchaba indicaciones de los profesores. Situación que me ponía tensa diariamente.
Cada mañana me siento en la pequeña mesa de la sala, en el mismo rincón del extremo derecho y a un metro de distancia de la computadora donde mi hermano hace sus clases. Las primeras horas no son difíciles para mí, empezar a las siete en punto de la mañana es perfecto, el silencio abunda y solo estamos mi pequeña laptop y yo. En cuanto empieza el segundo curso a las 9:40 tengo veinte minutos para prestar atención, minutos que se pasan volando y se pierden en la asistencia. Cuando llega el momento de quedarme al lado de Erick, mi mente continua en mis clases y miles de interrogantes me invaden ¿Que están avanzando? ¿Qué datos estará brindando? ¿Me habrá llamado?
En varias ocasiones me movía de la laptop a la computadora para poder estar al pendiente de ambas situaciones, pero en esta oportunidad decidí quedarme en un solo lugar. La razón de la decisión osada fue para no estar confundida y no hiciera las cosas a medias, pese a que una avalancha de emociones llegaba a mí, decidí ignorarlas por un momento. Pese a que me preguntaba por cuánto tiempo iba a seguir de esta manera. continue seguir. El resultado no fue bueno, pero al menos no sentí desesperación por estar en ambas reuniones. Cuando al fin terminaron las clases de mi hermano me sentía liberada, quizás la misma sensación de cuando te libras de un estreñimiento.
Al volver a mis clases, me sentía más tranquila pues solo era yo, trataba de ponerme al corriente del tema dictado, y seguir escuchando sin ninguna distracción. Pese a haber perdido una hora de clase, lo reponía revisando las clases grabadas. De alguna manera sabía que debía arreglármelas, pues mis padres trabajaban y la docente de mi hermano no quería que lo dejara ni un segundo. Al final de todo no tengo ningún arrepentimiento, pese a que siento desesperación en ese cruce de horarios, me frustraría más si no ayudara a mi hermano.
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