Por: ZUMARÁN BASEDÁN, Sebastián Áaron
De cara a las últimas semanas de Géneros y Estilos Periodísticos, la producción de crónicas no bajó su cuota semanal. Lo único realmente peculiar durante la revista, ha sido la naturaleza imprevisible del profesor. Que de mis pares ha obtenido opiniones y opiniones. En mi caso, esa aspereza en sus formas por sobre la suspicacia; nunca caló. Más bien, viéndose opacada por el alto sentido de la puntualidad tenido como máxima del curso.
Dicha exigencia que se convirtió en necesidad, no tardaría en elevarse a una meta . Al entender el pequeño margen de tiempo con el que contábamos en la asistencia, fui forzando la maquinaria para madrugar, cada vez más temprano, a base de alarmas programadas desde las 6 y 30 am. los jueves y viernes a manera de concluir la semana.
Un viernes 3, igual o más negro que el “viernes 13” para mi nula fortuna. Se avecinaba un atentado del azar, contra mi desentrenada rutina, que poco o nada pudo acoplarse al horario de mañana.
El gran contador digital aún marcaba las 6.10 a.m.… nada fuera de lo normal, exceptuando el detalle de que me hallaba despierto mucho antes de la cuenta. Evento atípico que a cualquiera mantendría reacio a desarraigarse del túmulo de sábanas. Pisé descalzo el piso enlosado, antes que el cuerpo agarrara relajo nuevamente. Le siguió un paso al frente, surcando el espacio entre la cama y el escritorio adyacente.
En lo que la computadora iba iniciando sesión, mi mirada adormilada se tornaba viva, presa del pánico al observar impotente, el ícono en la esquina inferior derecha, indicando: “sin conexión a internet”. Entendí, con la misma calma de los rápidos, que la asistencia de ese día viernes sucumbía, víctima del mal servicio de Movistar. Si este fracaso del cambio intencionado, se concretaba, sería la segunda clase consecutiva que no ingresaba a la sesión meet.
Ese lujo era algo que no podía permitirme. Ya que prescindo de una asistencia perfecta que perdone imprevistos. Entonces, el peso de las ideas cayó por la gravedad del asunto:
-Un curso con tan pocas intervenciones semanales no puede acabar con cero asistencias al concluir el viernes. - pensé.
Lo primero fue asimilar que el servicio técnico tardaría lo suyo en hacer propio el problema. Así que todo se reducía a la toma de acción. Recargar datos móviles quedaba descartado de antemano, pues las tiendas habilitadas de la zona comienzan a atender muy entrada la mañana.
La alarma, estrepitosa, dejó su primer vestigio. Remeciendo los rezagos del sueño y sepultando mi latosa somnolencia con él. Una solución provisional pero realizable, sondeó mi mente. Pues la casa de mi padre cumplía los requerimientos de última hora: accesibilidad a la red, además, de marcar menos de un kilómetro de distancia en Google Maps.
Había poca concurrencia de taxis, pero se podía encontrar algún que otro llanero solitario en la pasmosa quietud. Era consciente sin embargo, que la ruta en automóvil significaba entre 5 a 8 minutos de viaje aproximadamente, tiempo suficiente pero ajustado. Por lo mismo, cada acción subsecuente no podía tomar más de lo debido.
A las 6 y 35 am , la alarma sonó por segunda vez. Puse a repasar el café. Rondando las 6 y 45 salía hecho un témpano de hielo desde la regadera. La alarma ya empezaba a dar la lata después de dos impasibles repeticiones, cuando salí embarcado en un taxi a las 6 y 50, sin llegar a escuchar la última repetición.
La cafetera… quedó a merced de la hornilla, hasta que un alma madrugadora se dignó en apagarla. Caí a la residencia de mi padre a la hora precisa, importunando un poco quizá.
La clase empezó sin empezar, ¿o empezó acabando?, quizá acabó al empezar. Pudiendo también empezar sin mí. De cualquier forma, no despejé esa duda hasta después. La razón… más fortuita que nunca, llegó por gracia del profesor Wilfredo, informando que no habría clases por motivos de su red.
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