Por: ANCO ACOSTA, Stephanie Astrid
Cuando decidí estudiar periodismo, nunca me imaginé el terror que se sentiría cuando uno está frente a la hoja en blanco. Bueno fuera, que se tuviese siempre a la mano una buena historia, o una habilidad como la de Tom Wolfe bajo la manga; pero no, termino siendo siempre yo, y al menos hoy y como ayer, y como hace un par de semanas, mi cerebro, al igual que la hoja, sinceramente, también están en blanco. Ahora que termino mis clases, entre tanto género y estilo, aún no encuentro el mío. ¿Debería frustrarme? Ya son las 2 de la mañana ¿debería dormir? ¿El té ya se enfrió? ¿Wilfredo se reirá de esto? ¿Acabó de sentir un temblor?
Las clases virtuales, nunca serán una buena opción, al menos no para los cansados o a veces hasta indisciplinadas como yo. Aunque para ser optimista, en mi gran recorrido entre letras, noticias, crónicas y libros, al menos tuve un poco de fortuna. Creo que mi suerte bailó mejor en estos últimos. Mis libros. Los de tapas duras y a veces de plástico, impresos desde la oficina de mi trabajo, y humildemente anillados por la librería que queda aquí, a la vuelta de la esquina.
No voy a mentir, fracasé en este género, no di lo que esperaba; pero, al menos “viajé” a Cuba, seguí a un viejo en su aventura, nos mantuvimos muchos días entre el océano. Tuvimos que luchar contra tiburones, y hasta me dolía el brazo de tantas veces agarrar el sedal. Al final, el pobre hombre se quedó durmiendo, el “pez” que atrapó fue devorado, y me di cuenta de que ya la historia se había terminado. Aunque no debería sonar tan mal, no debería ser ingrata, él también me acompañó a mí, solo que no lo supo, estaba muy pálido y de hambre.
Después me fui por New York, vi a millares de hormigas reptando por la azotea del Empire State, y para ser sincera, nunca fue necesario ver las calles por las que pasaba, ellas se iban contando solas con minuciosos detalles. Ese mismo día pude conocer a Frank Sinatra, aunque con catarros y mocos en la cara. Hombre guapo, interesante, que no se sentía viejo, para mi gusto un poco pedante y engreído. Aunque, esa noche andaba un poco irritado y preocupado, tal vez solo por eso podría disculpar su malcriadez.
En Colombia, fui testigo de una muerte en vivo y en directo. Pedro Nasar y su infortunio, estuvieron destinados a morir esa tarde al escoger la puerta equivocada. Me enteré de los rumores de dicho asesinato un par de días antes y aun así me quedé enganchada para ver lo que pasaba, sin evitarlo. Sádica, ¿verdad?
Después de todo no he sido tan desdichada ¿no?, estoy aún viviendo el viaje y la experiencia de un profesional, como testigo en cada historia. Al fin y al cabo, aún me queda un año para sumergirme en un par de viajes más, ya luego tendré que empezar a contar los míos. Espero, este Wilfre para poder leérselos, sino, me conformaré con ver que manché un poco más, una hoja en blanco.
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